La era del fusil
Breve prolegómeno sobre un siglo de guerras
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| A pesar de la derrota, su base ideológica, parece emerger en el nuevo siglo |
El siglo
XX, encierra acontecimientos que dieron curso a transformaciones estructurales
en la vida del hombre. Su brevedad, no lo exime de trascendencia, por el contrario,
condensa su relevancia en tres periodos.
La era delas catástrofes que va desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra mundial a
la cual le sigue una época dorada, de bonanza económica, caracterizada por la
puja de poderes entre URSS y EE.UU, para finalmente llegar al proceso de
descomposición e incertidumbre que significó la crisis económica mundial y el
hundimiento del socialismo soviético.
A su vez,
cada periodo encierra sucesos que constituyeron un punto de inflexión sobre
el cual se erigieron nuevos procesos
históricos.
Según
Habermas, tres corrientes atravesaron el siglo XX. El crecimiento demográfico
que tuvo origen en el siglo XIX debido a los avances en la medicina, pero que
logra carácter hegemónico a principios del XX con el advenimiento de las masas,
seguidamente los cambios en el mundo del trabajo, originarios de la revolución
industrial inglesa del siglo XVIII, la cual modernizó la economía y con el
correr de los años, valorizó la alfabetización. Y por último, el progreso
científico y técnico, cuya génesis sitúa en el siglo XVII, y asegura que desde
entonces, no ha cambiado nuestro modo de alterar la naturaleza. Más bien lo que
cambió fue “nuestra conciencia del riesgo y nuestra propia conciencia moral”
(Jurgen Habermas, P2)
Esas corrientes
son indiscutibles derivas de otro tiempo, pero existen acontecimientos
relevantes que responden específicamente a problemáticas del siglo XX. Una de
ellas es la relación que se dio entre el nacionalismo Alemán, la URSS y los
EE.UU como un juego de fuerzas coercitivas que condicionaron, finalizado el
periodo de entreguerras, los años de progreso y crisis final.
El
asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austro-Hungría, aceleró un
proceso de conflicto que detonó en la primera guerra mundial. Esta, significó
“el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX” (Eric Hobsbawm,
P16) por ende, del sistema político mundial. Al finalizar la misma, los
imperios conocidos eran cosa del pasado, así como la Rusia zarista desplazada
por la revolución bolchevique. El mundo, había cobrado nueva forma sin embargo,
la crisis económica e institucional se acentuó, tanto en el bando de los
vencedores como de los vencidos cuya creciente insatisfacción incrementaron
sentimientos nacionalistas de distintas vertientes así como también temor a la
ola revolucionaria y descreimiento generalizado hacia los sistemas de gobierno
imperantes.
Esta
situación, potenciada por el pacto de Versalles dio origen a la Alemania Nazi cuyo nacionalismo de derecha
recalcitrante, busco evadir las imposiciones aliadas.
La segunda
guerra mundial trajo consigo, además de muerte, una alianza inesperada entre el
capitalismo liberal y el comunismo soviético, que solo reviste lógica, a la luz
de la amenaza que representó para el
mundo, el avance del Nacionalsocialismo alemán.
Asimismo,
figuró para ambos sectores, la oportunidad de redimir sus deficitarios sistemas
de gobierno bajo el sustento discursivo y fáctico que brindó salvar la
democracia.
Así, la
URSS logró triunfar sobre Hitler, y liberar al mundo comunista pero también al
occidente capitalista liberal, de las fauces totalitarias de la Alemania Nazi
en lo que fue “el gran logro del régimen instalado en aquel país por la
revolución de octubre” (Eric Hobsbawm, P 17). Aunque al hacerlo, haya insuflado
nueva vida a su enemigo por antonomasia. Solo restaba un envión para ocupar un
sitio en el podio de las potencias hegemónicas y éste se lo dio el fascismo al
responsabilizarlo de su derrota.
Por su
parte, EE.UU sobrevivió, teniendo que
afrontar, luego, la amenaza de quien lo rescató.
Aquí, comienza
la edad dorada caracterizada por profundas transformaciones, germen del
capitalismo liberal, en el orden de lo económico, social y cultural que
representó el fin de un periodo iniciado en el Paleolítico con la aparición de
la agricultura. Al unísono, EE.UU y la URSS iniciaron su carrera armamentística
sosteniendo la paz a través de la amenaza de destrucción mutua asegurada.
Este
proceso, universalizó la economía surcando fronteras estatales bajo una
dinámica integradora donde las potencias se disputaban el liderazgo.
Pero, a
principios de la década de 1970, los problemas económicos, comenzaron a horadar
la estabilidad del sistema internacional generando crisis a nivel mundial que
se pronunció entrado el decenio de 1980, donde el capitalismo liberal al igual
que la debilitada economía Soviética, padecieron cada cual a su modo. El fin de
ciclo lo marcó el pacto de Reikiavik congratulando el hundimiento de la URSS que
eligió asumir su derrota en lugar de “desviar hacia el exterior los conflictos
internos y transformarlos en aventuras militares” (Jurgen Habermas, P6). Quizá
esto argumente el desenlace final.


